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El siguiente texto fue seleccionado del volumen publicado por el Encuentro Internacional Manuel Puig, organizado por José Amícola de la Universidad Nacional de La Plata. Rosario, Beatriz Viterbo, 1998.
Tununa Mercado es escritora y critica
“Querido Manuel”
Tununa Mercado
Releí primero Boquitas pintadas. El libro estaba en reposo desde hacía exactamente veintisiete años, mucho tiempo si se tiene en cuenta los estremecimientos de nuestras vidas, las de Manuel, la mía, la de todos nosotros sus amigos. Pero estar en reposo para un libro como Boquitas no significa ciertamente que hubiera permanecido en un letargo estático e improductivo; bastó tomarlo entre las manos y empezar a desgranar los primeros párrafos para que las llamadas entregas se pusieran a desatar sus cintas rosas, las ataduras que las mantenían en letargo, y desenvolvieran su atuendo. Las pieles de Boquitas, sus ropas, sus labios, los estratos de su interior desplegado en diferentes conciencias e inconscientes, sus continentes multiformes: sobres, alacenas, armarios, roperos, habitaciones, casas, cartas, pueblo, hospital, pensión, radio -como caja-, tumba -como nicho-, hábitos que recubren y al mismo tiempo desnudan, todas esas vestimentas que se superponen en el cuerpo pródigo del relato, volvían a incitar a la exploración. No podía imaginarme hasta qué punto ese objeto había generado para mi relectura tanto poder material, tanta materia, tanto libro al mismo tiempo entrecerrado y abierto, como si Boquitas fuera la succión insaciable de una bella durmiente en cautiverio y en silencio pero ansiosa por cautivar; un recinto, en definitiva, que paulatinamente derrumbaba sus paredes para hacerme entrar y revelarme sus secretos, que no es otra cosa lo que cuentan los libros a medida que se los lee.
La idea de la ropa persiste, página por página me dedico a sustraer del texto, como si fuera a armar mi propio álbum, las referencias que tienen que ver con ese acto tan primario como excelso que es vestirse, usar ropa, ponerse encima prendas, elegirlas, y a través del cual se define un cuerpo, aislando sus atributos y configurándolo como objeto de una cultura. Había un juego de niñas, aparentemente bobo, que consistía en vestir los cuerpos desnudos de muñecos y muñecas de cartón; unas aletas que emergían del perímetro permitían ajustar los vestidos al cuerpo. Las maquetas se animizaban en las acciones y en los diálogos y la teátrica, como se diría en términos de economía libidinal, se configuraba progresivamente como un universo aparte, hecho de sustracciones y adiciones, de cargas y descargas, en la medida en que al despojo y la desnudez se sucedían la envoltura y el cubrimiento. Y eso es lo que ahora aparecía sobre mi mesa de lectura: un vasto y concentrado figurín, es decir el lugar en el que con todo rigor se ubican los modelos y que suele incluir -tal como yo lo evoco en mi registro personal- un enorme plano plegado en el que por una operación alucinante esos modelos se convertían en moldes a discernir de entre una maraña de líneas distintivas. Y, sin racionalizar demasiado, como si quisiera intervenir en la lenta cocción del texto, estoy jugando con él, desplegando las cartas del intercambio.
Se dirá que en el acopio de ropa y otros aditamentos relacionados con el cuerpo lo que se salva es el trabajo de una reconstrucción de época. Sí, en efecto, Boquitas es un espejo de una época. Pero ¿qué ganaríamos si nos conformáramos con esa fascinación escasa, la de regodearnos en un “rescate” nostalgioso de costumbres vestimentarias de tiempos pasados e, incluso, atribuyendo a esos indicios ideologías de clase? En efecto, “hay chicas que podían ir al Club Social muy bien puestas, o porque los padres tenían buena posición, o porque eran maestras”, pero “las chicas de las tiendas iban más bien al Club Recreativo”, Mabel detenía su dedo en “un vestido largo hasta los pies, negro, con amplia falda de zorro plateado”; las pieles y las joyas “se armonizaban”, el perfume tenía lenguaje; había también trajes de alquiler encargados a Buenos Aires para ese deseo de ascenso social recompensado ilusoriamente con algunas cuotas de realidad. Los cuerpos necesitan ser vestidos y se supone que en ese trabajo de ambientación la elección del vestuario ha sido minuciosa, como si Manuel hubiera ido pegando en sus cartones imaginarios los atuendos, concibiéndolos como afluentes de una imagen estratégica última, la que completa las figuras en el tiempo del relato y redondea así, de una manera tan prodigiosa como elaborada, la historia que se quería contar y el modo en que se quería contarla.
Me imagino, e incluso puedo afirmarlo, que un montaje semejante fue repulsivo para ciertos oídos de entonces: las precisiones -por ejemplo: (Juan Carlos) “salió a la calle con la misma ropa del almuerzo -pantalón de franela gris, camisa de lanilla a cuadros celestes, pulóver de manga larga azul”, (Mabel) “su despertador de marca suiza sonó la alarma”; “junto a la almohada de hilo blanco la nariz se estremeció”; “con un perro danés blanco y envuelta en boa de livianas plumas blancas” (la dactilógrafa de la película que ve Mabel), deben haber resonado como tributos a un realismo que corría el riesgo de quedar pegado a la cursilería y, rápidamente, producirse esa conversión culta que como prestidigitadores sacaban de la manga los comentaristas del momento: el kitsch para explicar e, incluso, para condonar, porque era difícil sustraerse a los encantos de las Boquitas. Recuerdo el rechazo que me produjo leer una referencia en un texto de Silvina Bullrich en el que señalaba que su personaje se había puesto sus guantes de pecarí al sentarse al volante. Ahora querría diferenciar: eso era kitsch sin querer serlo, era pura ideología atributiva de rasgos de clase, era deslizamiento valorativo, era en suma tilinguería; en los textos de Manuel, en cambio, los rasgos o atributos tienen una alta concentración de sentido y de verdad, pueden ser abstraídos como objetos incomparables, aun fuera del contexto. Si la acotación Bullrich era pobre, apenas el tilde de un saber inútil, “los vestiditos todos de organdí” son una estética rica, y entre los dos puntos de comparación se pone en juego un territorio en disputa: la literatura argentina tuvo y tiene en Puig a un miniaturista muy especial que rompe lo grueso y lo disgrega en partículas, que sabe señalar lo cercano imponderable, aquello que en apariencia es intrascendente, pero que está para sellar las grandes estructuras -lo social, lo político, lo cultural- o para entretejer el sostén conjuntivo -mitológico, antropológico, lingüístico- que ata la lengua a la escritura.
Felisa Pinto, amiga de Manuel que me lo presentó en Buenos Aires (cuando salió The Buenos Aires Affair) y que debería estar aquí para contárnoslo, lo asesoró en estas cuestiones; es cierto que él, para acumular una masa tan sólida y sin fisuras de los universos que quería escribir, tenía los sentidos aguzados y un aparato de selección y clasificación impresionante. Pero la percepción de Felisa asimilaba datos que se complementaban a la perfección con la mirada de Manuel, y lo hacía en diferentes órdenes: la música, el cine, la moda, la noche de Buenos Aires, Nueva York o cualquier ciudad de Europa. Ella tenía lo que en los setenta llamábamos el feeling, una capacidad de discernir exacerbada hasta el presentimiento. Y así diciéndolo, de manera espontánea, me doy cuenta de que al describir esa relación entre Felisa Pinto y Manuel me estoy colocando en el vértice de un triángulo móvil que yo armé desde mi perspectiva hace más de veinticinco años y cuyos giros consistieron en hablar con Manuel de Felisa y con Felisa de Manuel. Más aún, diría que no pudo haber habido relación con Manuel si en el otro vértice no hubiera estado Felisa Pinto.
La percepción de la que hablo me excluía, ciertamente, y me colocaba en una situación de aprendizaje que ha tardado todos estos años en conferirme algún título habilitante. Manuel y Felisa poseían los guiños y para ser cofrade había que abandonar lugares establecidos y aventurarse en vestidores, mobiliarios, antecocinas, donde se almacenan los recursos para hacer el montaje de la Novela y soldar sus partes, cohesionar funciones, ligar personajes con costumbres, ámbitos con circunstancias, ritos con subjetividades. Y lo cierto es que todo ese mundo en el que cuenta el escote cuadrado, la peineta en el pelo, las servilletas a cuadritos, la enagua blanca, el teléfono blanco, el color cremita, el tul del sombrero, la tela sanforizada de la camisa de fajina, la fresca bata de casa, sin contar la larga y profusa lista que en la mitad de Boquitas consigue ser un condensado balzaciano irrefutable de la condición humana, ese mundo ahora releído existe con pleno derecho en mi conciencia, límpido, haciéndose evidente al mismo tiempo -pese a que apenas ahora aparece en todo su espesor- como estrategia de escritura: el poblamiento material de los blancos, la ropa en su axiología, es decir en su hacerse y deshacerse en el lenguaje, como una categoría en el trasfondo del acto de escribir; el atiborramiento barroco que contrasta con el deseo insatisfecho y la desnudez, tópicos que me asediaron y que traté de resolver en algunos textos míos, y de los que podría haber hablado con Manuel si esta relectura no hubiese sido tan tardía. Habríamos cambiado figuritas del figurín ideal.
Después, en segundo término, siempre en el lapso de estas dos semanas última, releí La traición de Rita Hayworth, y ahí sí tuve verdadera compasión por mí. ¿Lo había leído? ¿había sabido leerlo?; como si ciertas experiencias tuvieran que darse sólo en la tan socorrida madurez, término que dice mal lo que significa poder leer sin sordera, leer escribiendo, asida a los cartoncitos de La traición que se dejan barajar, colorear, y que iluminados y concatenados instauran un tren de escritura, sonoro, envolvente, un continuo que no admite cortes para ir a la cocina a vigilar el matambre, ni para dormir la siesta, ni para comer pollo, ni para caminar sobre los trapos para sacarle brillo a los pisos, ni ninguno de esos trabajos y circunstancias que interrumpen lecturas y que son por añadidura materia del relato. Indetenible, la marcha no cesa y es muy ajustado su avance, nada disuena en ese acuerdo equilibrado entre el cuento y el modo de contar; soltar y retener, cargar y descargar, hacer balance, otra vez la economía como un dios concebido para subyugar a quien se acerca al flujo de su río ofreciéndole diversas corrientes para navegarlo: para cada subjetividad un lenguaje, para cada objeto un destino, para cada vida un transcurso. Prodigio entonces, que tardíamente viene a fascinar y que como acontecimiento en nuestra cultura de este siglo ha de haber sido necesariamente valorado por la crítica: ha de haber habido, para quien hiciera un balance, un antes y un después de Rita.
Y en la secuencia, de pronto, descartando, por demasía en la demanda, relecturas de Pubis angelical, The Buenos Aires Affair, Maldición eterna, El beso, próximo ya este día en el calendario en el que nos reunimos por Manuel y para Manuel, leo por primera vez Sangre de amor correspondido y digo: No puede ser, de nuevo se instaura el antes y el después, esta vez el núcleo es este libro, antes y después de Sangre de amor, como si reiniciara con la lectura el encantamiento o embeleso de Boquitas, y yo tratando de forzar en este texto una apreciación que valide para mí estar incluida en este Congreso, pero al mismo tiempo escuchando al propio Manuel en una conversación cualquiera, con tema flotante, y pienso que no estaría diciéndole una ponencia sino lo que naturalmente me saliera: a saber, lo que me fascinó de tu libro fue ese vértigo del diálogo; el desplazamiento de la interlocución, como si se saliera de foco, y nos dejara en una zona fantasmal, el cero siniestro en el cociente de la relación amorosa, la transgresión del vínculo, lo perverso entendido como el tramo ausente, la escena faltante en el encuentro de dos, y así siguiendo hasta infundir la sensación de terror que produce en Sangre la identidad borrosa del interlocutor. Y me imagino a Manuel diciéndome que eso debería decir en la nota (que hubiera podido escribir sobre ese libro de haberlo leído en su momento).
E imagino a Manuel en la Plaza de Coyoacán, los dos sentados en un banco, él escribiendo para mí la dedicatoria de su vigésimo libro, el último, el que harán en Buenos Aires cuando se termine la filmación del penúltimo, el que ya tiene traductor, mientras alguien lo espera en El Parnaso, el café de la esquina, para llevarlo a Cuernavaca. Y la travesía no termina, el libro no cesa, siempre habrá otro que desplace al anterior y que repita esa noción valorativa del antes y el después. Porque Manuel, en sus propios textos, logró la incesancia.
