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prolíficos de las letras argentinas

César Aira es traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. ha traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela. Es uno de los escritores más prolíficos de las letras argentinas, habiendo publicado más de treinta libros. Su novela "Cómo me hice monja", publicada en España en 1998, fue elegida una de los diez mejores publicados en aquel país. Además de escritor, Aira es un apasionado lector y un sagaz crítico literario. Prueba de ello son su estudio sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi (ambos editados por Beatriz Viterbo), así como la cuidada edición de los cuentos de Osvaldo Lamborghini. EL artículo que sigue fue encontrado en una compilación de artículos de homenaje a Manuel Puig en el año de su muerte, en la revista América Hispánica Nº 4, Homenagem a Manuel Puig. Año III, 1990, presentados por Bella Josef (U. F. De Río de Janeiro), Brasil.

El sultán

Por César Aira

En la feria de los encantos de las historias, ¿hubo alguien que pudiera contarnos mejor una historia que Puig? O, lo que es lo mismo, ¿hubo alguien que tuviera mejores historias que contar? No lo creo. Cuando otros se encarnizaban en el interés que podían crear, el se apartaba, se desentendía, con la vista puesta en otra parte. Fue el mas grande de los narradores por que supo que a una historia no es necesario contarla. Él no era Scherazada, negociando un día más de vida. De hecho, era lo contrario: un sultán impaciente y cruel que pagaba siempre con la muerte.

Es como si hubiera advertido una diferencia que rara vez se hace. El lector no es exactamente el que abre los oídos para enterarse de lo que pasó. Es más bien un descifrador cuyo objeto no es una historia sino una lengua. Lo que pueda llegar a contarse con una lengua esta en otra parte, en otra dimensión. Para llegar a esa dimensión (y eso es lo que cuentan en definitiva las novelas de Puig) se necesita a su ves una historia, una gran historia que nos transporte mas lejos de todo lo que habríamos esperado ir.

No necesitamos un lenguaje para vivir, pero si necesitamos una voz para hacer saber a distancia, en la noche, que estamos vivos. Por necesaria, la voz es la presa de la muerte. Es una voz la que cuenta algo donde lo mas oscuro de la oscuridad, en una noche que la voz crea y espesa hasta el negro puro, hasta el vacío, donde pueda resonar con escalofriante detalle. Pero una voz no es algo que tenga cualquiera, porque sí. Los que hemos nacido con el pesado lujo del lenguaje y sus consecuencias de pertenencia social y familiar, debemos encontrar la voz mediante un trabajo específico. La lengua llega a la voz mediante el tramado de una historia, una historia de amor de una clase en la que Puig fue maestro insuperable, porque supo que eran, siempre y sin excepciones, historias dolorosas e inexorables; la felicidad es más que un error estético, es la negación del tiempo, y bloquea el encaminamiento del Destino. Servidor del tiempo, amo del presente, esclavo de la libertad, criatura del trabajo, el novelista crea los destinos. Hablar es rápido y fugaz; escribir es lento y difícil. Llegar a tener una voz con la que hablar es mucho más lento: se mide con lapsos de vidas enteras.

Un cuento sólo puede contarlo un sobreviviente. Pero la muerte no le sucede nunca a otros sino a uno mismo, que debe ceder su puesto, su voz, a otro, en una sucesión cada vez más veloz. Hasta que no queda más que uno. Un cuento que realmente valga la pena sólo puede contarlo el último. Y el último no lo es por el azar de la serie sino porque se hace último en una maniobra deliberada de escritor, a la que llamamos vocación y a veces genio.

La alienación del lenguaje que suele mencionarse respecto de Puig no es sino la expropiación de la voz por la muerte, que avanza dejando atrás una tierra baldía, un desierto de recuerdos dolorosos, deseos insatisfechos, vidas desperdiciadas en el que resuenan las voces que han sido presas de la desaparición.

La mirada sonora aniquiladora del mundo, la que solo oía la muerte, fue la marca de Puig. Y sin embargo, no hubo autor más entrañable que él, aunque quizás solo los argentinos pudimos saberlo. Había un gesto inicial de amor en su trabajo, que iba más lejos que todo lo demás, y sobrevivía a todo. Lo que más lo distingue, quizás, es el peso que le daba a la necesidad de sobrevivir. Quizás no hizo otra cosa que darle su expresión definitiva a esta necesidad.

Los individuos están destinados a la muerte, pero también se puede amar a la especie, que persiste y conserva rehenes, sobrevivientes, en última instancia uno solo, el novelista. En las novelas de Puig el individuo se manifiesta como miembro de una familia, como lector y aprendiz de una lengua, en definitiva como perteneciente a la clase media argentina. La especie, por su parte, es el proletariado. Pero los proletarios no leen novelas; los únicos que descifran son los individuos familiares. De ahí proviene quizás la demanda de reconocimiento de Puig, nunca satisfecha, y su mala relación con la crítica. Es probable que de ahí nazca también un sistema de exclusiones que contamina todo su trabajo, poniendo en compartimientos estancos ,entre otras cosas, lo oral y lo escrito.

Una voz, entonces, encontrada al final de la muerte, cuenta una historia... pero debe contársela a alguien que preste atención, esa forma de amor que se adapta a un estilo, es decir a otro. El estilo es más que el despertador de la atención, es su creador. Una voz que tiene estilo en función de su historia familiar. Antes de la voz está el gesto con que la voz se propone, y eso es lo que da la madre. El hijo imita sin saberlo, y puede llegar a hacerlo tan bien como esos insectos que se confunden con hojas y ramitas... pero la muerte es una cazadora ciega.

En Puig, que fue todo estilo, al punto que sus maravillosas novelas resultan secundarias respecto de la modalidad que transportan, lo mismo que la historia, el estilo es lo que se oculta o se mimetiza. En cierta forma podría decirse que en Puig historia y estilo son lo mismo.

El nudo de estas paradojas es la madre. La madre es la historia, y transmite un estilo, y no es ni hace otra cosa. Puig fue el poeta de la maternidad. Por ser el hombre-madre, fue el hombre-historia y el hombre-estilo. Y si en la novela que creo que es la culminación de su genio, Sangre de amor correspondido, elevó a su último estadio la expresión del horror del destino en la figura de la madre, en la última, Cae la noche tropical, logró algo tan inusitado como desprender a la madre del sistema familiar y hacerla girar sola y libre en otra dimensión. Es como si una débil luz de esperanza se encendiera al final, a pesar de todo. Puig fue un maestro en la oscuridad. Toda su obra tiende al negro más opaco, inclusive en su técnica. Su peculiaridad más notoria, la puesta en escena de voces desnudas, fue un recurso para hacer visible la oscuridad alrededor del discurso. Hay un matiz prenatal en este mecanismo, y es posible que su fascinación por el cine provenga de ahí. El desprendimiento de la madre en la última novela no significa que falten los hijos en ella, todo lo contrario. Están presentes, quizás más que nunca, pero transformados en especie, en la inolvidable imagen de los vigilantes nocturnos de Río de Janeiro.

Puig fue un narrador que nació en una época en que a la narración, para hacerla seria y presentable, había que sacarle elementos, cuanto más mejor. Él aceptó esta incomodidad, con la obediencia ingenua de un niño. Hizo a un lado su voz de narrador, y todo lo que tenía que decir sobre hechos y personajes. Llegó a dejar sólo una impenetrable oscuridad, en la que resonaban voces extrañas y en buena medida incomprensibles. Fue así como pudo ser el niño obediente que se ha ido a la cama, ha aceptado que le apagaran la luz, y se aferra al desciframiento de las voces de los mayores que llegan hasta su miedo y dsamparo. Esas voces adultas son también la de los críticos, conlos que no pudo tener sino una relación desesperada de amor-odio.

Volviendo al principio: la técnica narrativa de Puig fue la presentificación de la historia, no su relato. La presentificación es lumínica, un resplandor para el que se ha creado antes toda la oscuridad. Es la creación, en la nada tenebrosa, de un corazón humano cuyo latido se transmuta en visibilidad.

Y ahí, en el extremo del destino, es donde parece brillar una luz lejana. En el corazón de las tinieblas.

 

Néstor Perlongher