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Recordando a Manuel Puig
Profesor emérito de la Universidad Rennes II, Francia, es también novelista, ensayista y traductor de escritores latinoamericanos.
Se incluye aquí su contribución a uno de los homenajes que se realizaran en el pueblo natal de Manuel Puig, en 2002, donde recuerda su relación como traductor y amigo.
Manuel Puig me deseó. Laure Bataillon había descubierto y traducido sus dos primeras novelas, La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas, pero El beso de la mujer araña es un largo y apasionado diálogo entre dos hombres, y el autor exigía que ese texto naciera de una garganta masculina. Quería que la versión francesa, como paráfrasis del español, surgiera de un intercambio compenetrado entre el autor y su traductor. Aprendí mucho de ese intercambio. Recuerdo nuestro primer encuentro en el ambiente parisino del cineasta Néstor Almendros ausente debido a su arrollador éxito. Allí, entre carteles de películas y fotogramas, en una celda hollywoodiense que bien pudiera haber sido el estudio de un peculiar rodaje, bebimos el té, que él mismo me había servido con modales de noble criada, acompañado de “gayetiiitas”, como pronuncia él. Yo estaba sentado en un puf a la sombra de las lámparas y él me hechizaba con sus palabras como Molina, que ha visto todas las películas, asedia a Valentín. El tono, la tonalidad, me decía, todo está allí. ¿Iba a hablarme, como Proust, del primer violín y de su intérprete? Tenía que encontrar la voz. Fuimos a cenar un arroz cantonés al chino del barrio. Al igual que el diálogo carcelario que en la novela es inseparable de la alimentación y la actividad manducadora -- Molina trayendo una bolsa llena de provisiones de cada una de sus visitas al locutorio, Molina preparando cada tarde la infusión en su hornillo de alcohol, Molina untando mantequilla en las rebanadas de pan con jamón sólo para los bellos ojos de Valentín -- mi traducción se situaba de forma obligada en esa relación con la boca, con el sabor de los alimentos terrenales, con el don del maná; en este intercambio superior de nuestras cuerdas, de las palabras de su garganta -- suaves, aterciopeladas, lastimeras como son las palabras argentinas a veces, también acariciadoras, imperiosas, pero siempre dulces y atentas -- a mi garganta que intentaba torpemente modular mi voz con la suya, imitarla con la mayor precisión. Saborear los lichis preguntándose por el dulce de leche. Doblegarse para la ceremonia del té sin ponerse el kimono. Lanzarse como el sable paralizado del Zen, ¿o es la flecha inmóvil de Zenón?... Perseguir las palabras.
Sentía una mezcla de respeto y admiración : había entrado en la alquimia de la composición, medía el inmenso esfuerzo de la creación, la precisión de las líneas, el matiz de su escala infinita. Ante todo, Puig me enseñó a huir de la innoble caricatura: su Molina, incluso su Molinita entregado al abrazo del efebo, tiene dignidad y tiene que mantenerla más allá de todo lo establecido. Cuando William Hurt le dio vida en la pantalla, con el éxito que todos conocemos, Puig se desentendió con amargura de su interpretación (lo cierto es que en los títulos de crédito sólo se responsabilizó de la canción de la película): su personaje se había convertido en “una loca neoyorquina, neurótica y antipáticas"; me lo dijo en una carta. Pero mi Molina, para mí, su traductor, nunca es excesivo, amanerado ni chillón y seguramente su dolorosa prisión no es como “Ia jaula de las locas”, en sí misma una concesión detestable.
Molina es un hombre que ama a los hombres y que descubre en la cárcel, en su íntima conversación con Valentín, el joven preso político, idealista, generoso y mártir, “que el sexo es lo más inocente del mundo” y que hay que vivirlo con toda normalidad, con naturalidad. Molina es el hombre que se afirma en su diferencia y no agacha la cabeza; sobre todo después de haber descubierto por fin, gracias al amor, su media naranja. Sus palabras son sencillas, conmovedoras, eficaces. Su papel consiste en devolver el reflejo de su propia cobardía y de su indignidad a sus verdugos y torturadores, a aquellos que le humillan o le desprecian por ser lo que es, en nombre de una masculinidad sectaria y racista (que podría traducirse por machismo). Por eso, en el último instante, sabe sacrificarse a sí mismo en nombre de su amor y morir como un héroe. El beso de la mujer araña es el libro más hermoso jamás escrito sobre el amor entre dos hombres. Tuve el placer de ponerme esta máscara y disfrazar mi voz, de traicionarlo con mis pobres palabras de hombre irrealizado, con la dulce violencia que él expresaba con voz de falsete.
Cada nuevo texto de Manuel Puig era una fiesta renovada, un carnaval o bergamasco. Pubis Angelical (preferimos, con Ugné Karvélis, la bellísima compañera del altísimo Julio Cortázar, magnífica consejera de edición de Gallimard, este exótico angelical al horrible "angélique" más justo en francés), la larga y dolorosa confidencia de dos amigas, una de las cuales está condenada por una enfermedad, me obligó a expresarme como una mujer en el frío impregnado del formol y los malos olores del hospital; en él, sin embargo, la operada se despierta y vuelve a la vida cuando el traductor, reanimado de su inmersión en las sombras, vuelve a la superficie. Con Maldición eterna, perdí por completo la cabeza y la voz: ¿acaso no era un amnésico al que tenía que imitar? Un argentino que había huido de la opresión militar, de la tortura carcelaria, de la impotencia respecto a los desaparecidos, “¡no te lo puedes imaginar!”, exclamaba Manuel, y que, herido en la frente, sobrevive a duras penas en la cama de una clínica de Palm Springs. Más tarde, me acordé de ello al traducir la extraordinaria crónica de los “desaparecidos”, esta obra Knepp, de Jorge Goldenberg, que estuvo en cartel durante un año en la avenida Corrientes cuando cayó la dictadura, y cuatro días en el teatro municipal de Lausana. Manuel Puig, el paria, el nómada, aunque incapaz de ser otra cosa que americano, huyó de Buenos Aires a Nueva York y luego a Río de Janeiro, que le inspiró su novela más incomprendida, Sangre de amor correspondido (de hecho se trata de las confidencias amorosas y tortuosas del albañil brasileño que le construía una casa en la playa de Leblon), al igual que dos obras de teatro, Bajo un manto de estrellas y El misterio del ramo de rosas (para las que quería nada menos que a Edwige Feuillère y a Danielle Darrieux, las dos actrices más glamorosas del cine francés), escritas como continuación de su propia adaptación de El beso de la mujer araña, éxito taquillero en el Studio des Champs-Elysées. Finalmente escribió lo que se puede considerar su testamento literario, Cae la noche tropical, en la que dos ancianas hermanas (sin lugar a dudas, la imperturbable pareja de su templo literario) chochean y se quejan de su avanzada edad, del dolor y de la muerte, y parlotean con una lúcida gravedad no exenta de truculencia. Una vez más el tono tan difícil, en la frontera de lo empalagoso, mas nunca ridículo ni pasado, como se suele decir de un perfume envejecido. Pero Río, capital mundial de la delincuencia y del mal vivir, le echó. “¡Es un horror!” me escribió en su última carta, en la primavera de 1990. Haciendo las maletas para ir a Cuernavaca, no faltó a su última cita con la Reina de la Noche.
Su último libro apareció en París en junio. “Nuestro hijo”, decía riéndose, ya que lo habíamos parido a dos voces, monstruosa progenie nacida de dos vientres maternos, el argentino exilado y el franco-argelino desplazado. Sí, había entre nosotros un desfase parecido, una extrañeza gemela que siempre me permitió, al traducirlo, a pesar de todo el maquillaje y el artificio, hablar a través de su máscara y alcanzar la armonía.
Manuel ya no está entre nosotros. Su voz se va, fundida y encadenada. Su traductor calla para siempre y con él, diversas voces de ultramar: Suzanne Jill Levine, mi hermana neoyorquina, tú que ya no hablas y te quedas sin aliento; y tú, Adrianita, que fuiste junto a Mecha Ortiz la más pequeña de las grandes vedettes del cine argentino, tú que le enviaste a su exilio el plano detallado de las calles de Buenos Aires, que ya no recordaba, para que pudieran ejecutar a Molina en un cruce verosímil: vosotras dos, mis huérfanas.
Manuel no volverá a hablar con su aterciopelada voz, su satén apagado, sus oropeles desdorados. Ha despreciado nuestros diversos dominós y nuestras máscaras de difícil lenguaje para marcharse, altivo, distante, incluso extraño. Yerto para la eternidad bajo su máscara mortuoria.
