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6. La exhibición del procedimiento del realismo en
6. La exhibición del procedimiento del realismo en las "representaciones"
Puig inventa una libido imitandi (Logie, 1997: 498). Pero en cuanto al problema de la mímesis en literatura se debería decir que hay una tensión entre una mímesis transparente y otra opaca. Ahora bien "Entre lo que se imita y la reapropiación media una distancia. Es precisamente en este intersticio, en esta fusión donde Puig sitúa el verdadero terreno de la libertad, es allí donde reside la plusvalía que infiltra en la copia" (Logie, 1997: 494). Puig revitaliza, por cierto, el principio imitativo, pero lo coloca en un punto donde nunca estuvo antes, ni en lo representado (privilegiado por Platón), ni en la representación (privilegiada por las vanguardias), sino en un punto intermedio. Son los textos puestos en abismo, como las películas contadas por el personaje Molina en la cuarta novela de Puig (que en los pre-textos manuscritos aparecen mencionadas como "representaciones"), los que nos colocan en la comprometida posición de observadores de una reproducción o mediación de un material pretendidamente mimético, al que, sin embargo (y este "sin embargo" es casi lo más importante), el personaje agrega elementos de propia cosecha. Pero, Molina, y su interlocutor en la celda, Valentín, estrechan vínculos gracias a la capacidad de fabular al infinito del primero -- el que se niega a ser "informante" -- y a la disposición (al principio reticente) del segundo, de colaborar en el armado del material. En este final entendimiento se rearma no solo la fábula sino la connivencia que lleva al vínculo humano.
El deseo de Puig de construir una poética analítica que se viera representada en el género novela concentró la mayor parte de su producción que abarcó veinte años (de 1968 a 1988) en ese "formato". La idea de que el guión cinematográfico e inclusive la pieza teatral respondía a un principio opuesto al de la novela, el de síntesis, fue un descubrimiento paulatino que se revela en el momento en que sufre en carne propia las recepciones negativas de la crítica y decide hacer una pausa como novelista para lanzarse a revitalizar su viejo amor por la escena (Puig, 1985). En ese momento, como en momentos anteriores, Puig se había encargado de difundir una imagen de escritor ligero que respondía fácilmente a los llamados de la inspiración y, que al mejor modo del arte pop de los 60, construía sus textos con la resaca que traía la marea, como declaraba su personaje Gladys de la tercera novela. Tengo para mí que el epítome de su tarea se halla en la carga simbólica de otros de sus personajes, me refiero al trazado conjunto de una fabulación sin fin como se da en Molina, quien padece (cada vez menos) el desmontaje del placer de contar a manos del informado y valiente Valentín, pero a quien termina de seducir al mismo tiempo que lo hace con el lector.