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II. Solo en la ruta de mi destino
En efecto, Puig se va del país, para no volver, a principios de la década del setenta. Lo acompañó siempre la sensación de que nunca conseguiría el respeto anhelado de sus compatriotas y, en honor a la verdad, tampoco el de algunos otros latinoamericanos de carrera. No hace mucho, a raíz de la publicación de la biografía de Levine, Mario Vargas Llosa dio a conocer un artículo en el que habla sobre la desconfianza que le produce la escritura de Puig. Reconoce, sin embargo, que la obra del argentino es „una de las más originales de los últimos años del siglo XX“, pero cree que resulta „más ingeniosa y brillante que profunda, más artificial que innovadora“. Observa, además, que los grandes libros, „a diferencia de las grandes películas, no están hechos de imágenes sino de palabras –es decir, ideas que surgen de una serie de imágenes y, finalmente, constituyen una visión del mundo, de la condición humana, del flujo de la historia. Esta visión florece en el espíritu del lector, gracias a la riqueza y efectividad de un lenguaje y un estilo, y produce la fascinación de una obra literaria. En la escritura de Puig hay imágenes cuidadosas, hábilmente construidas, pero no ideas, ni una visión central que organice y le dé significado al mundo ficcional, ni un estilo personal“.
Estos motivos y otros, que desarrolla profusamente en el artículo citado, lo llevan a la conclusión de que las novelas de Puig conforman la muestra más representativa de una „literatura liviana“. Nuevamente el estigma. Nuevamente una voz condenatoria que parece traer ecos de viejas polémicas que nos trasladan, por lo menos, cuarenta años atrás sobre un escenario en el que se enfrentan los que, en nombre de una literatura seria, ponen el acento en el compromiso político y social contra los que defienden una literatura de imaginación, lúdica, de libertad estética y de nuevas formas de expresión. Acerca del artículo, la autora de la biografía comenta que Vargas Llosa „sigue ciego al implícito machismo de su apreciación de Puig, que no ha cambiado desde los 60“. Y añade: „Además, resulta absurdo decir que Manuel no es un escritor porque sus materiales y su estilo están más influidos por el cine que por la literatura. Soslaya que el cine es y está hecho de literatura también. No cabe duda de que entre estos escritores existe (más allá de la muerte) una especie de rivalidad fraternal, sobre todo si su obra tiene una proyección semejante: Puig, Vargas Llosa, Cortázar, Cabrera y García Márquez tenían ideales, tanto políticos como estéticos, y como buenos herederos del proyecto modernista querían ser creadores totales que hicieran una revolución social y política como artística y estética. No veo por qué hay que denigrar un modo de hacerlo para glorificar otro, pero, obviamente, es una lucha por la sobrevivencia cuyo último campo de batalla es el mercado: allí, en este contexto, es donde tenemos que cuestionar los supuestos ideales políticos de algunos y la supuesta frivolidad de otros“.
Por cierto, a Puig nunca le interesó trabajar con ideas elevadas y pretenciosas ni con héroes o grandes personajes de la historia. Tampoco necesitó poner en el centro de la escena narrativa a coroneles o dictadores para indagar las implicaciones del autoritarismo y las consecuencias de la represión en la sociedad civil. Una lectura cuidadosa y desprejuiciada de su obra no rehusaría advertir el contenido político que hay en ella o ver que si existe algún desvío en esta materia se debe, en todo caso, a la adversión que sentía por cualquier tipo de autoritarismo, prepotencia o discriminación provinieran de derechas como de izquierdas. Los efectos de una época en la que se abrazaron consignas y dogmas que se presentaban como la única verdad posible impregna el corpus de su novela The Buenos Aires Affair.
Los desvíos de Puig en distintas direcciones, que tantas críticas y sufrimientos le acarrearon, hoy resultan vías seductoras por donde seguir incursionando. De hecho, y como la misma Levine indica en su biografía, tanto Cortázar como Vargas Llosa, que menospreciaban el tipo de literatura que hacía este autor, no dudaron en continuar sus pasos y escribir algunos libros de inclinación puigiana. Cortázar publicó
Queremos tanto a Glenda, volumen de relatos que toma título de uno de los cuentos, en el que emerge la fascinación del rioplatense por la actriz británica Glenda Jackson. También Vargas Llosa interrumpió, por un momento, su periplo de novelas serias de corte político como Conversación en la catedral y escribió algo más ligero acerca de un autor de radioteatro en La tía Julia y el escribidor o sobre un revolucionario homosexual en Historia de Mayta.

Mi corazón una mentira pide