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I. Se dice de mí
Coco (sobrenombre del niño Manuel Puig), hay que decirlo, supo prepararse muy bien para llegar a ser „una mujer de carrera“. Aprendió idiomas (inglés, francés, italiano, incluso alemán) para disfrutar a fondo, en primer lugar del cine (su pasión más enraizada) y de los viajes (otro sino en su vida); después, para ocuparse de los negocios: publicar y vender sus libros internacionalmente, revisar las traducciones de sus obras o escribir directamente en inglés, por ejemplo, su novela Maldición eterna a quien lea estas páginas.
No era, como dijeron de él y aún hoy sostienen algunos, un neófito de la literatura ni un escritor meramente intuitivo. Sus declaraciones y cartas -buena parte de ellas recogidas en la biografía Manuel Puig y la mujer araña de Suzanne Jill Levine- demuestran que este autor argentino tenía una conciencia muy viva de su propio proyecto literario y del factor de riesgo de su propuesta que lo colocaría en un lugar diferenciado. En este sentido, fue más honesto y serio en la persecución de sus objetivos que algunos de sus coetáneos, todos ellos muchachos (también de carrera) pertenecientes a la galaxia latinoamericana surgida en los sesenta, porque quería, y así lo demostró, que cada una de sus novelas fuera técnica y estructuralmente distinta. En otras palabras, no copió su propio molde ni cortó en él el resto de su producción, aunque en todas las novelas diera cuenta de sus obsesiones como creador, de sus gustos y preferencias estéticas. Era, ante todo, un gran narrador cinematográfico, un guionista de largo aliento. Por eso, no le alcanzaba la hora y media de una película para desarrollar sus temas (el autoritarismo, la represión sexual y política, la imposición de roles) y de ahí que, en vez de hacer cine (había estudiado en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma), se decantara por la novela.
Aunque desde su debut contó con el apoyo del crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal y de algunos autores ahora reconocidos -entre ellos, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Juan Goytisolo-, el éxito de público que alcanzó con su segunda novela, Boquitas pintadas, afianzó los recelos que ya había inspirado con La traición de Rita Hayworth, y sobre él y su incipiente obra recayó la „mirada“ oblicua, que siempre juzga mal, catapultándolo bajo el manto estrellado de autor frívolo: un peso liviano que nada pintaba en el ring de la alta cultura. Todavía inédito, un crítico le había dicho refiriéndose al manuscrito de su primera novela: „Tu escritura es muy interesante, como experimento preliterario“. Comentarios sibilinos de este tenor, reseñas adversas o, sencillamente, el silencio y el ninguneo rodearon la aparición de sus novelas en la Argentina y, a partir de 1973, con la publicación de The Buenos Aires Affair, la censura política y moral, que se encargó de impedir la circulación y difusión de sus obras en el país, justificó que el silencio fuera aún más rotundo en sus pronunciamientos. Pocos, en aquellos años oscuros de Isabelitas, brujos, aberraciones dictatoriales, prohibiciones y paracensura, se atrevieron a ocuparse de un Puig que, desde el exilio, no dejó de escribir y publicar sus novelas, de suscitar interés en lectores y críticos de Italia, España o Estados Unidos. Hoy, en cambio, su obra se ha convertido en objeto de estudio y discusión. Muchos de lo que antes lo catalogaron como un best-seller efímero, ya no muestran reparos a la hora de admitir la renovación técnica que este narrador introduce en la novelística contemporánea a través del aprovechamiento de materiales tomados de las más diversas manifestaciones populares. Prodigios que la muerte le depara a ciertos autores.
Puig supo siempre, no hay más que leerlo, que en su país se daba de manera particularmente exacerbada aquello que comenta Stephen Vizinczey: „El poder de los críticos, basado en el instinto gregario, es mayor sobre las mismas personas que creen ser individualistas: la clase intelectual. Su gusto literario y su capacidad para juzgar la literatura son una parte importante de su autoimagen, una fuente de su autoestima, y por esa misma razón su temor a equivocarse –o que otros los consideren equivocados- los vuelve ansiosos de estar de acuerdo con la opinión de los expertos“.
Precisamente, la ansiedad por acatar los dictámenes que infligen figuras elevadas a iconos prestigiados por la academia o los medios, ha provocado que, muchas veces, se denostaran autores que ni siquiera se habían leído o se ensalzaran otros de escasa valía, incluso de exigua obra, pero que supieron responder a los intereses de la política cultural del momento o dieron en la tecla adecuada para despertar eso que el mismo Puig denominó „la capacidad de ser fascinado, que es tan argentina, por algo extranjero/extraño“.
Para Piglia, el impacto que recibió Manuel Puig al conquistar con Boquitas pintadas el mercado internacional y convertirse así „en el primer novelista profesional de la literatura argentina“ está narrado en The Buenos Aires Affaire, „que es una versión cifrada de las luchas y la competencia que definen el ambiente literario“. Agrega, asimismo, que esta novela „debe ser leída en la rica tradición de relatos sobre artistas y escritores que existen en nuestra literatura (...). Puig convierte en novela policial la historia de un artista perseguido por un crítico asesino. La pintora que trabaja con restos y desechos que recoge en la basura es una transposición transparente del arte narrativo de Puig, construido con formas y materiales degradados y populares. Esa versión paranoica y sagaz del mundo literario argentino (con sus alusiones a Primera plana y a la lucha por el prestigio y el reconocimiento) es al mismo tiempo una venganza y una despedida: ese mismo año Puig abandona la Argentina“.
II. Solo en la ruta de mi destino